I.


En la desesperada huida de la realidad optó por cerrar sus ojos, cubrirse los oídos y derivar la razón. Aquella frialdad hizo que su corazón dejara de latir perdiendose de toda calidez.Y sin nada que sentir, ni nada más que perder dejó que sus instintos se hicieran cargo de todo de aqui en adelante.


12.12.11

Luna Roja


Los luces color ámbar pasaban una y otra vez contrastados por el mar, ya era más de media noche. El calor era leve así que abrí la ventanilla. Me encontraba en el lado derecho del asiento trasero mirando el cielo y la ausencia de sus estrellas, la brisa marina era suave y el camino despejado. Por momentos miraba dentro del viejo Dodge Charger color negro donde me situaba. La falta de luz solo me permitía observar las tres siluetas que me acompañaban en el espacioso auto. Me sentía muy cómodo. No sé si era por el alcohol en la sangre o porque me gustaba mucho el momento, pero aun así no dejaba de mirar hacia fuera, no me sentía pertenecer al grupo, nunca sentí pertenecer a alguno, y realmente empiezo a creer que no pertenezco a ningún sitio.

Que era lo que me tenía tan pensativo. Que o quien no lo sé. Puedo llegar a disgustarme cojudamente si empiezo a profundizar mis pensamientos, estar cerca de ciertos temas en mi cabeza es tan peligroso como andar por los pasadizos de un sanatorio mental con habitaciones medio abiertas en plena madrugada. Trataba de decirme a mi mismo que disfrutaba mucho más el camino que recorría que al sitio donde nos estábamos dirigiendo, tal vez no quería ir para allá, sé también que lo pensé muchas veces antes de subir al auto, mucho antes de salir de mi habitación, cuando me tomaba esos tragos en Yacana en el centro de la ciudad, y lo pensé mucho más antes de meterme esos tiros de coca antes de subir a esta lancha con ruedas llamada automóvil.

– “Can you feel a little love?” (¿Puedes sentir un poco de amor?) – Sonaba de forma siniestra por la radio, justo en el momento en que mis pensamientos se detuvieron. Tomé un respiro, inhalando profundamente, justo y preciso para pronunciar lentamente la frase que seguía en esa maldita canción – Dream on… dream on. (Suéñalo… suéñalo.)

Me tocaron el hombro para decirme si quería otro toque más, me negué pidiendo la botella de whisky. No necesito de tanto estimulante. El camino y la música son suficientes para mí, no me siento con ausencia de fuerzas. ¿Por qué debería sentirme afectado?, ¿Acaso a alguien le importa lo que me preocupa?, ¿por qué debería de preocuparme por alguien? Mi expresión de asco le podría explicar a cualquiera que había entrado a la habitación más oscura del sanatorio, en el pasadizo subterráneo. El vacío se apoderaba de mí como si hubiera entrado en algún trance, en la seducción de alguna maldad, de algún pecado siniestro que se iba reflejando en mis ojos. La razón y todo principio fallecían a merced del instinto. Me di cuenta que no hay motivos para seguir pensando en los demás. Las últimas imágenes que tenía en mi mente de Lorena, su cabello castaño, su cuerpo desnudo dándome la espalda, haciéndole el amor a la única mujer que sentí que había amado con más fuerzas de las que podría tener en esta dimensión. Todo eso se desintegraba quemándose una a una como fotografías juntas en un tacho de basura llamado corazón.

Mi mirada se fue hacia un lado saboreando el último sentimiento vivo que aun yo mantenía en mí junto con esas imágenes. La pena se diluía por cada herida que aún no cerraba, ya no quemaba como antes, ya no sentía daño, me di cuenta que ya nada podía. Cada espesa gota atravesaba los asientos, el suelo y se perdía en el camino, todo en mi se volvía ausente.

Ya nada importaba, no tenía sentido el creer, sentir, considerar. Podría hacer lo que me venga en gana y ni siquiera importarme el resultado. Haría lo que quisiera y lo necesario para conseguirlo. -¡Donde mierda está la botella! – Grité estirando el brazo hacia el copiloto para obtenerla pronto y tomarla de pico. Podría decir que me sentía diferente y me gustaba, me sentía perdido e insensible en la nada, pero dueño total de ese universo existente alojado en mi pecho. Alguien me dijo una vez que mis ojos tenían un brillo muy extraño al mirar y estaba segura de no haberlo visto antes, pero esa ya es otra historia.

El alcohol había vuelto a reemplazar mi sangre luego de unos cuantos sorbos, la música estaba a un mejor volumen, el auto aumentaba de velocidad y el aire en mi rostro llegaba con más fuerza. La noche se tornaba de un negro rojizo; las nubes negras habían aplastado las estrellas hasta desangrar y la luna se complacía de ello. Es como si hubiera matado una parte de mí para sobrevivir en esta jungla interiorizada, ¿es porque crucé esa puerta? Ahora todo se veía diferente, es el mundo que yo necesitaba, es todo lo que podía esperar.

Después de recorrer todo el circuito de playas tomamos la entrada hacia barranco y avanzamos unas cuantas calles más. Nos estacionamos cerca de la casona donde era la fiesta, todos salieron rápidamente gritando con euforia encontrándose con los demás en la entrada. Yo me quedé un rato más apoyando los brazos y la cabeza en el respaldar delantero, como descansando de una deliciosa transformación. Por la ventana se podía ver una figura femenina acercándose, la silueta muy bien definida era gracias a las luces que venían de la inmensa casa, llegó hasta la puerta para que pueda apreciar por la ventana gran parte de su delgada cintura. Abrió mi lado de la puerta y se agachó para observarme. – Mmm…, tiempo sin verte Gabriel ¿Dónde te has metido? – Dijo con ese acento francés, distanciado del español, pero presente. Sus ojos egipcios se hicieron presentes otra vez. Yo giré hacia ella y la miré sin pronunciar palabra alguna.
– Tienes un brillo muy extraño al mirar, no recuerdo haberte visto así cuando te conocí. ¿Qué ha pasado contigo?

Entonces sin poder evitarlo una sonrisa lujuriosa y malintencionada se dibujaba en mi rostro mirándola de una forma tan adictiva y peligrosa como el vampiro que se obsesiona de su víctima. El arrepentimiento de su invitación a aquella fiesta había desaparecido unas calles atrás.
 
- Que puedo decirte Minna, tendrías que caminar en mis zapatos – Le dije, mientras imaginaba todo lo que podría suceder en esa dulce noche roja.

29.11.11

Lo que me lleva al centro


Estoy en el Bus que me lleva hacia el centro. Al lado de la ventana observo el camino y las casas a oscuras viéndome pasar. Las luces de los postes color ámbar que no iluminan más que su propio sitio señalando que ahí estarán, que no se moverán, que las veras mañana como todas las noches por si alguna vez los necesitas aunque sea para apoyarte y vomitar, ellos te sostendrán, eso lo sé.

Me animo a mirar dentro del bus para ver que no soy el único que llega tan tarde a casa. Esta tan lleno, pero lo siento tan vació tan frió a la vez. Aún por las luces que iluminan dentro todo se ve en blanco y negro, eso quiere decir que estoy cerca a mi destino. Puedo sentir la respiración fría y honda, puedo sentir también que no hay sonido alguno a mi alrededor, la gente esta en silencio y el que duerme a mi lado también procurando inconcientemente en no perder el equilibrio y demostrar aunque sea en sueños que no necesita a alguien para apoyarse y cerrar los ojos de verdad, intentando descansar.

Un suspiro hondo me atrapa desprevenido, mi conciencia esta cerca, siento que me rodea, sabe que es un momento débil para mi, donde no quiero aceptar que me siento solo y trato de no pensarlo. El ambulante sube abusando la confianza del chofer que desea más que nadie que sea la ultima vuelta y también llegar a su destino cansado de dar tantas vueltas. No puedo evitar el preguntarme si algún día yo dejare de darlas, pero eso ni yo lo sé. Esa parte de mi que necesita de las sombras, de las luces rojas y música que ahoga pensamientos no parece estar presente para discutirlo, talvez porque es martes y está tan lejos del día en que se alimenta de lo que puede, de lo que sea, de los demás.

Imagino como será el camino cuando entre al edificio; mis pasos en eco tenebroso y oscuro, un pasadizo sin foco iluminado por las rendijas que muestran las luces ámbar de un par de amigos más que nunca se irán. Entraré a oscuras y después de poner tantos cerrojos abro las ventanas y dejo las persianas a medias para que entre un poco de aire, aún no prenderé las luces para que no despierte mis tristeza y note que entré con la melancolía entre mis brazos, los celos suelen volverte tan egoísta.

Y bajo la mirada aun sentado en este bus con asientos de plástico color gris, miro mi teléfono revisando antiguos mensajes y números de contacto. Que patético pensar que aun no borras ciertos números de personas que hasta hubieras querido desaparecer de la tierra, pero simplemente no puedes. Pasa el tiempo y tu mismo te preguntas cuando acabará todo. Es que la inocencia no se pierde dos veces y yo en un momento deseé con fuerza el recuperarla algún día, pero se que ya no se llamaría así. Puedo cerrar el corazón por esto, pero nunca podría cerrar mis ojos. Es por eso que sé que cuando llegue a mi casa no podré dormir como muchas otras noches, y dormiré en el sofá con temor a que la cama aun tenga su aroma obligándome a pensar el porque lo que pueda parecer tan lleno de algo como este autobús, pueda en realidad estar tan vacío, tan callado y sin color alguno. Odio cuando pasa esto.

20.11.11

Desorientado (p.3 final)

No sé cuantas horas pudieron haber pasado, la cabeza la tenía por estallar y un hambre atroz despertó junto con mis parpados al abrirse. La luz, como odio la luz pero es lo primero que me golpea como castigo por hacer alguna estupidez que después no quiero recordar y esta no sería la excepción. Los colores empezaron a acentuarse a mi alrededor después que lo blanco se disipaba de a pocos y las tonalidades lilas y rosa me señalaban sin mucho esfuerzo que no estaba en mi casa y menos pensar con mucho alivio claro el que yo no esté muerto, a menos que la muerte por ser muy practica también se haya vuelto muy moderna en el nuevo sentido de la palabra. Yo no tengo problema siempre y cuando haga su trabajo y no más de lo que deba hacer conmigo. Mi naturaleza solo me ha atrevido a aceptar mujeres demonio, extraviadas, diosas y una que otra hueca que mi inconsciencia me haya permitido.

- Veo que despertaste – dijo acercándose la tercera mujer que me conoce tan profundamente como le pudiera permitir. La Soledad.
- Dime que no maté a nadie por favor – le dije con algo de desaliento por los contrastes de mi malestar. Ella se acercaba con su sonrisa diciéndome payaso, pero sus cejas amenazaban con lastimarme más de lo que podía estar. Así que supuse que hice algo malo. Normalmente esto no es novedad en mi, normalmente termino despertando en mi casa; a veces en la sala, a veces en el baño y casualmente reemplazando la almohada de alguien, pero de pensar que estoy aquí en la casa de mi Soledad debe tener más que comentarios fuera de “mi común” por haber llegado aquí, aun así tenía miedo de preguntar. A veces no sé si arrepentirme de haberle dado la autoridad de ser mi amiga, mi madre, mi hermana, simplemente es la Soledad que dejé que esté cerca de mi más de lo debido.
- Esta demás preguntarte si te acuerdas o si quieres saber como llegaste aquí, así que mientras te comes esto escuchas. Y pobre carajo que me quieras agarrar de cojuda con tus pretextos, por lo menos sé que estas tan hasta las huevas como para no poder levantarte y largarte de aquí obviando como siempre todo lo que no te gusta. – simplemente esto es un amor odio me decía a mi mismo. Como la quiero y cuanto la odio, así que la escuché con los ojos entre cerrados mientras me alimentaba.

Lo que escuché al principio no lo entendía, pero poco a poco mientras la historia avanzaba todo se acoplaba como encajes de madera, tal vez no recuerde que hora era en ese momento, ni siquiera recuerdo que día, pero si que hice yo mientras aun estaba lucido paralelamente comparando las cosas que ella decía.

Yo recuerdo despertar días antes esa mañana y no ver a Lorena a mi lado, una parte de mi lo sabía y no le importaba, pero la otra parte aun no lo asimilaba y es la razón que la vuelve la dueña de mi melancolía. La rabia se apoderaba de mí, la ira y toda cosa negativa que se podría llenar en tu alma como si fueras una copa vertiéndose de veneno. Una copa de veneno con alma, eso era yo. Ya vestido me dirigía al centro, buscar a quien sea que tan solo pudiera darme un pretexto para llamar a la muerte y alcoholizarme junto con él.
Pues sí. Soy una copa de vino, con lo que queda del alma, con ese veneno que te da la noche cuando alguien te quita la vida mientras duermes o haces el amor.

El turco me recibió con los brazos abiertos. Su aspecto de cobrizo bonachón, achinado y de sonrisa confiada te daba la seguridad de que todo estaba bien, o simplemente no había momento en el que no estuviera coqueado y eso le mantenía el ánimo, pero eso lo sabemos solo los que lo conocemos. Estuvimos en el bar en esa esquina de Quilca no se cuantas horas, la mesa estaba en una posición en la que no podía ver el exterior y realmente no quería verla.

Después de algunos Chilcanos de Pisco Soledad me llamó, sabiendo que ella nunca le gustó que anduviera acompañado no le contesté, pero después de siete llamadas perdidas sabiendo que si la llamaba estaría tranquila con la timbrada, pero por su orgullo no me contestaría y es que tanto tiempo cerca de ella me haría hacerlo sin dudarlo. -Es lo primero que coincido -dijo ella. Ya que el mensaje de voz que le dejé no le decía donde me encontraba, pero si le dije con quien, y en mi conversación con el Turco interrumpida por mi llamada hizo que el tratara de hacerme colgar mientras pedía en voz alta un Pisco mas y eso fue lo que me delató. Al colgar la llamada, la carcajada del Turco por el rastro blanco que tenía en la punta de mi nariz hizo que yo sonriera mirándolo fijamente. El quedarme prácticamente congelado y no perderlo de vista hizo que en los minutos siguientes se le apagara la risa con un temor que tal vez ni el mismo comprendía, la verdad no sé si es porque sabía lo que pasaría por su payasada o si el dejar de reírse me obligó a hacerlo. La botella de pisco rota, el Turco inconsciente bajo la mesa, no fue hasta que traté de llegar a la salida del local y recibir lo que merecía cualquier borracho que se pelea en un local, mas golpes.

Ahora sé que Soledad llegó a mí encontrándome en el suelo a varios metros del local, no sé si fue ahí donde acabe o si después de la paliza me dejaron suelto y anduve como muerto en vida unos metros más. Sé que no me dispararon realmente porque no estaría aquí probando la compasión de mi Soledad comprimida en un tazón de caldo de pollo y curando mis heridas, creo que eso ya no importa. Dejaré que se encargue de mí y cure lo que pueda.

15.11.11

De Pisco y Veneno (Desorientado p.2)



No quiero luz, quiero oscuridad densa como la brea que siento en mis pulmones al respirar. El vació se había vuelto a acordar de mi y se había metido con fuerza a la boca del estomago, es como si la lluvia triste que caía en mi rostro me hubiera poseído, y es que mi sentido del tacto había desaparecido cuando inhale con fuerza lo último que el Turco me había dado, y es que es una manera de matar el pánico natural que tenía para que mis demonios internos no me tragaran vivo.

No sé cuanto tiempo yacía en suelo, pero desperté o eso creía, traté de avanzar a rastras hacia la escalera, aun no podía emitir sonido alguno, trataba de gritar pero no salía nada, solo de manera aguda el sonido del viento, los murmullos de la gente que no se atrevía a salir, tenía miedo mirar mi cuerpo y ver algo que no me agrade y avancé a rastras. En las primeras gradas caí por las escaleras de forma precipitada, lo sé porque aunque no haya sentido nada mis ojos captaron la tremenda sacudida y todos los giros al golpearme con el filo de la vereda. Un líquido tibio y salado fluía de mi boca hasta el mentón. La gente alrededor miraba con lastima más que impresionada, es probable que no haya sido el primero en caer en esta situación y esto sea de todos los días, es mas debí haber caído en el sitio de alguien y en cualquier momento me lo reclamaría, eso me causo mucha risa, mi mente estaba ahí y a la vez no, estaba drogado hasta la punta de los pies. Boca arriba a un lado de la pista contemplaba con ojos medio abiertos las luces de los autos que venían en dirección hacia mí, un dulce y triste juego de colores que poco a poco desaparecían entre sí. El pavimento se ponía tibio, el sonido desaparecía. Tal vez se me pasó la mano, tal vez merecía estar aquí, no quisiera levantarme nunca más.

No sé cuanto tiempo mas había pasado, un movimiento brusco despertó lo que quedaba de mí, junté todas mis fuerzas para abrir uno de mis ojos, y entre cerrados solo vi la sombra de alguien que me sujetaba en sus brazos para que no me golpeara, estábamos en un auto iluminado solo por las luces de los carros que pasaban en el carril contrario. Es probable que yo haya muerto. Como se me ocurre pensar que la muerte vendría a buscarme a pie, tendría que haberme cargado. Que practica es la muerte. (Continuará)

8.11.11

Desorientado (parte1)

Me encontraba a mitad de la calle, no reconocía el lugar y empezaba a oscurecer. Yo estaba totalmente desorientado y me costaba mantener el equilibrio, dentro mío no sabia como pude haber llegado ahí. De pronto un tipo salió de uno de esos edificios en dirección hacia mi, de ojos saltones, cabello gris y piel oscura, tenia mirada desesperante y respiración agitada, yo traté de cubrirme, pero no evité que el tipo me tomara de la muñeca con tal fuerza que empezó a arrastrarme como un trapo hasta dentro del edificio, yo quería soltarme pero era imposible, mas aun si de pronto mis piernas me dejaran de responder. No podía gritar, no podía emitir grito alguno solo presenciaba entre tanta sacudida como el hombre me arrastraba por las escaleras hacia un segundo piso en total oscuridad.

El pasadizo era largo, el suelo resquebrajado y de infinitos departamentos muy junto a otros, ya no sentía el brazo por la falta de circulación. Hasta llegar al final del corredor tiró de mi hombro y sentí mucho dolor, no grité, talvez porque no tenia aire para gritar. Solo podía observar como sucedía todo. Caí de rodillas frente a el con tal fuerza, mierda no podía evitarlo. De pronto sacó una pistola que guardaba en la cintura con la mano derecha y sin soltarme me disparó.

Sentía como las balas me atravesaban el cuerpo, la sensación era tan clara, pero no sentía dolor. Las fuerzas se me iban, me sentía desvanecer, el pegó otros dos tiros mas y yo en ningún momento veía la sangre, mis ojos se volteaban hacia arriba, pero aun podía ver como me disparaba con frialdad como si yo fuera un objeto al cual agujerear. De la nada me soltó y mientras caía al suelo de rostro miraba como se alejaba corriendo por algo que oyó. Nunca había sentido tanto sueño, mi respiración se hacia cada vez mas pausada y lenta, mis ojos se iban cerrando, ya no tenía fuerzas y entre lo borroso de mi vista y el eco en los sonidos alguien gritaba mi nombre. Creo que ya no tiene importancia. (continuará)

31.10.11

El Lienzo.

Hacía un calor infernal en Barranco, yo salía hacia el Boulevard para atender una llamada, me apoyé en el auto estacionado fuera y respirar algo de aire. En ese momento veía salir a uno de mi grupo con una chica caminando hacia el lado más oscuro de la calle. Imaginando que iba a pasar volví la mirada al teléfono, y en el mismo instante un grito se oyó. Volteé la mirada hacia David y la chica que acompañaba, una tercera mujer, la que había gritado de forma inadvertida era Lorena; no pude quitar la vista y menos reaccionar, sentía como si un trueno me cayera en la cervical. Lo hubiera dejado solo de no ser porque lo conocía.

Caminé hacia ellos a la misma velocidad que ella se les acercaba, tenía que evitar que maten a David. Ella me daba la espalda mientras se lo comía vivo por meterse con su amiga, muy disgustada, el carácter de siempre. Traté de llamar su atención con alguna ocurrencia, volteó hacia mí con una mirada desafiante, como a la gata la cual ocupas su territorio. Me pudo reconocer una fracción y media más de lo normal, sus pupilas se dilataron y el fruncido entre sus cejas se iba desvaneciendo.
- ¿Gabriel? – diciéndolo como en susurro, algo que solo yo podría escuchar con claridad. Me acerqué a ella saboreando los malos recuerdos que tuvimos en mi mente así mi boca amarga solo hablaría. Ella no debería estar en el mismo lugar que yo, nunca más. Mi sangre es fría y así se debería quedar.

- Justo estábamos por irnos – dije con una sonrisa tan hipócrita que hasta la persona mas plástica se ofendería.
- Pero... ¿como estás? – me preguntó ella aún sin reaccionar, yo solo pensaba en huir, el quedarme y verla era demasiado, simplemente no quería saber mas. Cogí al casanova por el cuello de la casaca y me fui como si no la hubiera escuchado.

Al día siguiente me encontraba en casa, ya era mediodía y yo salía de la ducha pensando que así su imagen saldría de mi cabeza, pero no lo logré. Era como si cada vez que parpadeaban mis ojos una diapositiva cambiaba de alguna imagen de recuerdo. A las dos horas me encontraba comiendo lasaña de supermercado y algo de beber, escuchando algo de jazz para seguir ocupando mi mente, mi teléfono zumbaba al filo de la mesa, era Lorena diciéndome que se encontraba al otro lado de la puerta del departamento.
No podía huir de ahí, ella sabía que yo estaba dentro, ella sabe más de mí que yo mismo. No lo pensé mas, no me conviene pensar en nada y la dejé entrar.

- Hola – con voz gentil.
- Pasa por favor, siéntate. Tengo una botella de vino helado abierta.
- Si, gracias. El calor es demasiado – al verla a los ojos sentía aun un golpe en el pecho, no debió haber venido, mi masoquismo es adictivo, no hay mejor narcótico que el mismo dolor, el físico es para niños, acuchillarme el alma me hacía un Dios. Dejaré que el tiempo y el alcohol hagan lo suyo. La puerta a la vez cerró a mis espaldas.

Tres horas más tarde; unas copas más de vino blanco mientras me hablaba de ella, sus palabras sabían a caramelo y yo le contaba lo que podía contar de mí.

Ella entonces miró fijamente hacia un lado de la sala. - ¿Por qué hay un lienzo vacío colgado en tu pared? – Como si tratara de encontrarle un porque a todo, hablar de esto se me hace familiar.
– Es porque busco darle un motivo especial a este lienzo cuando lo pinte.
– ¿Has vuelto a pintar? Pensé que ahora solo tomas fotos. – me preguntó con curiosidad.
– Bueno, las fotos que tomo son las que ves alrededor tuyo, pero mis pinturas las he puesto en el corredor y en la habitación, ya no las muestro como antes. Tienen otro significado para mí.
– ¡Quiero verlos! – Me dijo encantada. Ese brillo en sus ojos fue lo que mató el no que tenia yo como respuesta.

Se acercó a verlos uno a uno con la copa en la mano, yo la seguía mientras observaba las pinturas con una serenidad agradable. Podía aceptar el hecho de que tenia el arte para actuar como si nunca hubiera pasado nada, algo que yo echaba a perder cuando ella estaba presente.
Después de observar su alrededor se sentó al ras de mi cama y me dijo – ¿Qué sientes cuando pintas? – La luz del exterior iba cambiando de tonalidad.

Perdiendo la mirada trataba de explicarle todo lo que yo podía sentir cuando hacia una pintura. La sensación indescriptible de plasmar jirones de tu alma en un lienzo para siempre, era como las fotografías que yo tomaba, solo que eran parte de mí. – Píntame a mí – dijo ella mientras dejaba la copa de vino a medias a un lado acercándose lentamente. En ese momento el tiempo se congeló, nuestra respiración ya no se oía, nuestras miradas fueron más que suficientes. Ella sabía que en el fondo aun la deseaba y dejó que me acercara un poco más.

El atardecer entraba por la ventana sin invitación; hojas negras, espinas y flores rojas iban tomando forma sobre su piel. Mis manos eran el pincel necesario, su cuerpo el lienzo perfecto para mí. En eso giró hacia mí para quitarme la camisa, cogió el pincel que yo sostenía en la mano y pintando mi pecho formaba palabras diciendo lo mucho que me necesitaba. Sus ojos luchaban contra los míos como una guerra a muerte, su perfume me empujaba hacia ella como algo incontrolable.

– Cúbreme de besos – me decía. – El frío no esta en el viento sino dentro de mí, estoy cansada de todo.

Una lágrima dibujaba en su mejilla la tristeza que había dentro del alma. Besé aquella lágrima en su rostro, ella alzó su mirada y sonrió con el temor sobre sus labios. – ¿No debí venir, verdad? – preguntó en voz baja
– No debiste existir – le respondí, y ella me besó.

La oscuridad nos cubría. Entre sabanas cubiertas de pintura, sus labios volvían a ser mi vicio más peligroso y su cuerpo mi obsesión. Ella era mi lienzo y yo el fuego que consumía sus fibras. Pinté cada parte de ella con mi alma hasta el amanecer, hasta caer rendida sobre mí. Ella desaparecería por la mañana. Yo lo sé.

23.10.11

Ella llama.

Camino descalzo en esta habitación donde no hay tiempo ni espacio. Voy hacia el refrigerador por algo frio , algo similar a un desayuno que calmé el incendio personal que sobrellevo todos los domingos por la mañana. Algo de televisión, trato de disfrutar del momento. Hasta que sonó el celular.

Tengo que verte fue lo que escuche con tanto deseo que supe de inmediato quien me estaba hablando. Lo primero que pensé en ese momento, es la imagen que tengo de ella mientras yo huía del restaurante la última vez que nos vimos. Ella seguía hablando, pero mi mente estaba en otro lado, una parte de mi quería verla.

Los recuerdos venían a mi mente demasiado rápido, tener aun alcohol en la sangre y no estar del todo despierto no era de mucha ayuda. Ella fué la única mujer que calmo mis males cuando yo traté una vez de acabar con mi vida, lo que daría por pensar que esto solo era un mal sueño.

-¿En la iglesia de San francisco? – Interesante lugar para dos personas que no deberían verse por el bienestar social de los demás, pero en su voz pude notar la necesidad de todo esto, y yo aun seguía sin comprender.

-¿No hay razón para que nos preocupemos verdad? – Decir eso no mejoró las cosas.
-A veces morir por una causa justa es más que suficiente. -Eso tampoco ayudó.
-Yo solo quiero verte, no quiero que lo tomes a mal. – ¿Que trató de decir con eso? ¿Gina de que estabas hablando? Mi silencio momentáneo era como siempre para no decir nada precipitado, sabia porque hablaba así, jugando conmigo o retándome para saber hasta donde podía llegar. A veces se olvida el tipo de persona que suelo ser.
- Vamos Gabriel, yo solo decía. Si tuviéramos algo más íntimo tal vez podría convencerte de regresar. ¿Es una posibilidad no? De ahí podríamos ir a algún lugar especial, que se yo, no sé si puedas entenderme solo estoy alucinando.
– Apostaría mis manos a que en ese momento sus labios dibujaban esa sonrisa que solo una mujer vampiro tendría frente a su cena. Esa mujer siempre estuvo loca y era lo que yo mas adoraba.
-¿Donde nos besamos la primera vez? - Le dije sutilmente, una especie de suave venganza.
-No lo recuerdo. ¿Dónde fue? hazme recordar. - Respondió de forma irónica, esa siempre fué su especialidad después de mentir; hacerse la tonta.

Cuando entramos al hotel Pierre, tú y yo para hospedarnos hasta que amanezca y regresar a lima, me senté a un lado del sofá sabiendo que esas horas no dormiría. Tu mejor amigo caía rendido por el cansancio y el alcohol que nos dio ese concierto. Tú entrabas al baño para refrescarte un poco, mi panorama era total, podía apreciar todo lo que sucedía en la habitación aún con la poca luz reflejada por la ventana de color verdoso. Supuse que tú también tenías planeado dormir, pero Pierre en su borrachera había caído aplastado ocupando la cama de los dos. Eran las 2:30 de la mañana, salías del baño con el cabello suelto y húmedo caminabas hacia mí, mis ojos brillaban demasiado por un haz de luz que descubría esa parte de mi rostro ante la oscuridad.

Tu no sabias nada de mí; solo sabias como me llamaba y no dejabas de mirarme, ni preguntaste que ocurría, tan solo acercaste tu mano a mi rostro, no recuerdo que me dijiste y hasta creo que no es necesario recordarlo, no puedo olvidar como me sentí en ese momento. Giré hacia ti para seguir hablando, pero nuestros labios rozaron y hubo un minuto congelado. No había respiración, no había sonido alguno. Nos miramos tratando de buscarle la razón a algo que simplemente no la tenía. Entonces me acerque y te volví a besar; el beso fue suave, lento, deseado. Nos empezamos a abrazar, a adherirnos entre si como si fuese una necesidad inevitable.

-¿Que pasaba por tu cabeza cuando rozaron nuestros labios? – Me preguntó con un tono lento, como pensativa. Mi mente no tiene nada que ver en esto, había dicho cosas que me hacían sentir diferente, es lo que hizo volverme hacia ella, el rozar sus labios fue como llegar a una puerta, sabía que del otro lado podía morir en paz y renacer a la vez. El silencio nos invadió nuevamente, ese silencio quemaba nuestra respiración, podía percibir cual era su expresión en ese momento; la mirada perdida, su pecho agitado, aun así yo estuviera al otro lado del auricular era como tenerla frente a mí nuevamente.

- Nunca me dijiste que sentías eso.
- Todos sentimos algo siempre – Le respondí tratando de romper la densidad que se había formado de la nada.
-Me quedo sin palabras – Asintió.
-No espero que me digas nada, pero a pesar de saber que estabas casada y que dañábamos a muchas personas, hubo más de una razón por la cual aun seguíamos viéndonos los siguientes meses.
-Tú siempre fuiste mi felicidad, mi locura. -Lo dijo como si no hubiera podido contenerse más.
– Es por eso que quiero verte.
-Nos vemos en una hora - Le decía mientras recordaba su forma de vestir con esa tendencia sexy-dark que solía usar cuando venía a verme para que nadie la reconociera.
-Tienes que verme he cambiado un poco, mi cabello está mas largo y de otro color. ¿Está bien?
-Mientras me guste. -Le respondí.
-Bueno, espero gustarte más de lo que yo deseo. - Respondió algo confiada y con picardía. Mantuvo silencio por un momento, esa respiración honda que sentí al inicio, queriendo decir algo más, pero colgó.